19 de junio de 2026

​Por qué dejé de "luchar" por mis causas (y decidí empezar a trabajar)

Las palabras que elegimos para describir el mundo no solo reflejan nuestra realidad; la moldean. En el ámbito de la política, el activismo y las causas sociales, hay una frase que repetimos casi por inercia: "la lucha". Hablamos de la lucha social, de luchar por nuestros derechos, de ser luchadores incansables.
​Durante mucho tiempo usé ese término sin pensarlo. Sin embargo, recientemente tomé una decisión consciente: cuando hablo de política o de causas sociales, evito usar la palabra "lucha" y prefiero usar el término "trabajo".
​Puede parecer una simple cuestión de semántica, pero este cambio de vocabulario esconde una transformación profunda en la forma de entender nuestra participación en la sociedad. Aquí te comparto por qué.
​La trampa de la metáfora bélica
​La razón principal por la que he abandonado la palabra "lucha" es porque, por definición, luchar implica la existencia de un contrincante al que hay que derrotar.
​Cuando enmarcamos nuestras convicciones en un lenguaje bélico, automáticamente convertimos a quien piensa distinto en un enemigo. El objetivo deja de ser la solución de un problema y se convierte en la aniquilación (política, moral o discursiva) del otro.
​En política, no se debería tratar de derrotar ni de destruir. Cuando la meta es aplastar al contrario, lo único que dejamos a nuestro paso son trincheras y polarización.
​De las armas a las herramientas: El valor del "trabajo"
​A diferencia de la lucha, que requiere armas y escudos, el trabajo requiere herramientas y planos.
​Cuando sustituimos "lucha" por "trabajo social" o "trabajo político", la dinámica cambia por completo:
​Implica construcción: No buscas tirar abajo el edificio del vecino, sino construir un puente que los una.
​Fomenta la colaboración: El trabajo duro, el que realmente transforma realidades, rara vez se hace en solitario. Requiere dialogar, organizar y sumar esfuerzos con otras personas.
​Demanda paciencia: Las batallas pueden ser fugaces y explosivas, pero el trabajo es un hábito. Es presentarse todos los días, poner un ladrillo tras otro, negociar, planear y ejecutar.
​Política para el bien común
​La verdadera esencia de la política no es un juego de suma cero donde para que yo gane, tú tienes que perder. Al contrario, se trata de administrar nuestras diferencias para construir un bien común.
​El bien común no excluye a los que perdieron en las urnas o en el debate; los integra. Si nuestra única estrategia es "derrotar", nos olvidamos de que al día siguiente de la victoria tenemos que seguir compartiendo el mismo país, la misma ciudad y las mismas calles con aquellos a quienes acabamos de vencer.
​Cambiar el vocabulario es el primer paso para cambiar la actitud. La próxima vez que te apasiones por una causa, te invito a soltar la armadura y tomar las herramientas. Dejemos de luchar contra fantasmas y empecemos a trabajar por el futuro que queremos. Hay mucho por construir.

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